Cuántas veces habremos escuchado esa frase: “la familia es lo primero”. Y, por qué negarlo, cuánta verdad encierra. Porque sí, aunque a veces nos pese un poco y en ocasiones nos llevemos a matar (en sentido figurado, faltaría más), aunque haya días en los que no nos podamos ni ver y momentos en los que desearíamos cambiarla por completo, en lo que se refiere a relaciones sociales y personales, sí, amigos, “la familia es lo primero”.
Ya, ya, ya lo sé. Me vais a decir que familias y familiares hay de todo tipo y que hay veces en las que no los colocaríamos como “lo primero”. Que hay padres y madres quizás algo estrictos; que hay hermanos con los que nos peleamos día sí, día también; que hay tíos a los que apenas vemos y en los que, aunque en ocasiones nos pese, no pensamos demasiado; y que hay otros familiares con los que apenas hemos tenido contacto. Sí, lo sé. Pero todos ellos, en conjunto, forman nuestra familia y, aunque no nos lo demuestren en todo momento, nos tienen más en mente de lo que creemos, preguntan por cómo nos va y, en definitiva, se preocupan por nosotros.
En la “familia de los números”, también encontramos elementos de todo tipo. Los hay naturales, como la vida misma, y también enteros, unos más positivos que otros; los tenemos racionales y también irracionales y, aunque pensamos que todos son reales, también los hay imaginarios.
Los hay abundantes (algo les sobra) y deficientes (algo les falta), todos ellos con cierta envidia de los que son perfectos (ni les sobra ni les falta nada). Los hay sociables, curiosos, ambiciosos y también amigos, palindrómicos, poligonales, poderosos e incluso apocalípticos. Algunos son narcisistas, otros son hambrientos, los tenemos felices e infelices y también afortunados. Y otros pueden ser odiosos, intocables, ondulados, poderosos, raros e incluso oblongos (sea lo que sea lo que signifique ese término). Hasta pueden mezclarse con el mundo de las personas y ser conocidos como los números de alguien: números de Fermat, de Mersenne, de Smith, de Proth, de Carmichael, de Catalan (sí, sin tilde, por el matemático francés Eugène Catalan), de Hardy-Ramanujan, de Germain, de Friedman, de Kaprekar, e incluso hay un número de Sheldon. Y muchísimos más que por espacio, olvido o desconocimiento no he sido capaz de mencionar.
De todos los tipos que no aparecen ahí, hay dos que seguro que son muy familiares para la mayoría: los números compuestos y, cómo no, los números primos. Estos números primos, de los que hay infinitos, pueden considerarse como los pilares del resto de números, como los ladrillos con los que podemos construir todos “los otros”, todos los compuestos. Entre los que conocemos, los hay muy pequeños, como el 2 (el único que es par), el 3 o el 5, y los hay enormes, de muchísimas cifras, tantas que es prácticamente imposible imaginar cómo de grandes son. Sirva como ejemplo el mayor que se conoce a día de hoy, que tiene 41 millones de cifras. No, no, no es el número 41 millones (que, por cierto, tiene ocho cifras) ni alguno cercano, sino un número con 41 millones de cifras. Lo dicho: inimaginable.
Que haya infinitos de ellos, que sean la base que sustenta a todos los demás y que su aparición en los números naturales no siga ninguna regularidad (al menos, aparentemente) hace de los primos el conjunto numérico más estudiado de la historia de las matemáticas.
Dentro de esta “pequeña” familia de números, dentro de los primos, también podemos encontrar distintos tipos, pero hay uno en especial que ha fascinado y fascina a aficionados y profesionales de los números y que, por su nombre, encaja perfectamente en este texto dedicado a la familia: los primos gemelos. Estos números son parejas de primos (quitamos de aquí al 2) que están todo lo cerca que pueden estar: a dos unidades de distancia. Por ejemplo, 3 y 5 son primos gemelos, 5 y 7 también lo son, así como 17 y 19 o 29 y 31. Habiendo infinitos números primos, ¿hay también infinitas parejas de primos gemelos? Pues ni idea. Pero no es que no lo sepa yo, es que no lo sabe nadie, al menos hasta ahora.
Y volvemos ahora a nuestro mundo mencionando a los que, en muchas ocasiones, son también nuestros pilares, los ladrillos sobre los que nos sustentamos: los primos. Esos familiares que, aunque parece que no están muy cerca de nosotros, son en muchas ocasiones de las personas más importantes de nuestra vida. Estoy convencido de que muchos de los que estáis leyendo estas líneas tenéis un primo que es especial, que en muchos casos estará por encima de otros familiares más cercanos, en definitiva, con el que formáis una pareja de “primos gemelos”.
A ellos, a esos “primos gemelos” que muchos tenemos, les dedico estás líneas. A ellos y a vosotros, que sois el otro integrante de la pareja de primos gemelos, porque esa pareja tan singular no existiría si uno no es el primo gemelo del otro. Porque el amor no solamente se circunscribe a parejas o madres y padres, abuelos y abuelas y hermanos y hermanas, porque es injusto olvidarnos de ellos, de los primos, cuando hablamos de amor. Así que te animo a que hoy, día de San Valentín, le reconozcas la vital importancia que tiene y le digas, bien alto y claro:
“¡Te quiero, primo gemelo!”
Este texto es el artículo completo que he publicado este año 2025 en la revista de San Valentín del centro en el que trabajo en la actualidad, el IES Comendador Juan de Távora de Puertollano. Os dejo otros artículos que he publicado en dicha revista en años anteriores:
- Cómo entregar tu corazón con matemáticas.
- Un amor imposible.
- Corazones entrelazados: EL TUTORIAL.
- Amor en el plano cartesiano.
La imagen principal ha sido creada con el generador de imágenes por IA de Bing y «ensanchada» con insMind. El resto de imágenes también han sido creadas con el generador de Bing.
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